La parábola del pozo: ¿Quién construyó la trampa?

Empecé a leer esta historia como una crónica costumbrista, pero termino siendo una reflexión sociopolítica. La historia cuenta la de un chico cansado de las ratas que destruían sus cultivos y robaban el grano. Para resolverlo, ideó un plan astuto: arrojó un cerdo muerto a un pozo profundo y abandonado. Atraídas por el olor, casi 80 ratas se lanzaron al hoyo para banquetearse con la carroña.

Al principio, todo parecía maravilloso; había suficiente comida para todas, y las ratas comían hasta saciarse. Pero cuando los recursos desaparecieron, la dinámica cambió por completo. Al descubrir que las paredes del pozo eran demasiado empinadas para trepar, quedaron atrapadas. La desesperación se transformó en agresión, y las ratas empezaron a luchar y devorarse mutuamente hasta que solo quedó un superviviente.

Ilustración del pozo donde ratas pelean por comida mientras alguien observa
Una ilustración que muestra la parábola de las ratas en el pozo y el observador.

El chico regresó para rescatar al último ratón, no por bondad, sino porque sabía que la rata había aprendido a sobrevivir cazando a sus congéneres. Al soltarla en su campo, seguiría matando a sus semejantes.

Desglosando la dinámica de poder

Lo interesante de esta parábola es que el giro más inquietante no es solo que las ratas se devoran entre sí, sino que el chico descubre cómo convertir el comportamiento de sus víctimas en una herramienta para sus propios fines.

1. La escasez como mecanismo de control

Mientras hay comida, las ratas pueden coexistir. Cuando desaparece, la supervivencia individual empieza a imponerse sobre cualquier cooperación. Es una imagen reconocible de sociedades donde el acceso al trabajo o los recursos se vuelve precario, obligando a las personas a competir por migajas mientras quienes controlan esas condiciones quedan fuera del debate.

2. El enemigo horizontal y el poder vertical

Las ratas se enfrentan horizontalmente, entre iguales, mientras el verdadero poder permanece fuera de su campo de visión. La atención se concentra en el compañero que amenaza con quitarte lo poco que tienes, no en quien controla las condiciones de acceso a esos recursos.

3. Las víctimas como instrumentos

El desenlace va un paso más allá del clásico «divide y vencerás». El chico crea deliberadamente las condiciones para que una de ellas termine haciendo por él el trabajo que antes hacían todas contra él.

4. La trampa de pensar siempre en un director

Aquí es crucial hacer una distinción importante: no hace falta imaginar un chico omnisciente detrás de cada pozo. En la realidad, hay conflictos espontáneos que surgen de intereses incompatibles o desigualdades, y a veces basta con que existan estructuras que premien la confrontación para que el mecanismo funcione sin un director central.

En definitiva, reformularía su pregunta final así: no basta con preguntar quién construyó el pozo. También hay que preguntarse qué mecanismos nos impiden salir y por qué terminamos considerando enemigos a quienes están atrapados con nosotros.