Astillas en el Corazón y la Envidia de Sentir

El peso de las astillas

Había una frase que pesaba mucho en el aire: «tengo astillas es mi corazón pero no puedo sacarlas sin romperme las costillas». Es una imagen potente y visceral, porque define el dolor no como una enfermedad a curar, sino como una prueba de que todavía hay sensibilidad intacta.

Ilustración abstracta de un torso abierto mostrando astillas de cristal clavadas profundamente dentro del tejido cardíaco, contrastando la luz afilada del dolor con la oscuridad de la insensibilidad.
La metáfora visual de las astillas en el corazón y la dualidad entre sentir dolor y estar anestesiado.

Al principio, la idea de escribir sobre esto se sentía contradictoria. ¿Debería alegrarse por tener astillas en el pecho? La conversación sugirió jugar con un contraste: comparar a alguien que aún siente y duele, con aquellos otros que ya no sienten nada.

El privilegio del dolor

La reflexión inicial planteaba una comparación dura. Si uno todavía puede sentir el dolor, si hay algo dentro que se queja o sangra, ¿es eso algo por lo que deberíamos estar agradecidos?

«Así que cuida tus astillas. Aunque duelan. Aunque te hagan llorar.»

En ese estado, el vacío parece un privilegio silencioso; tan quieto y estático que hasta el dolor se siente como una suerte comparado con la propia inmovilidad.

Sinodularidad en el sufrimiento

Luego, surgió una perspectiva mucho más oscura y, al mismo tiempo, más honesta. La idea de «debería alegrarme» se desmoronó frente a la verdad de lo que realmente se siente: no es un agradecimiento por sufrir, sino una envidia profunda.

Es la capacidad para sentir el dolor lo que se envidia ante la quietud del vacío. Al final, tener astillas significa que todavía hay algo en ti que puede romperse.