¿La serie de ‘El Planeta de los Simios’ es un reboot o una continuación?

En el mundo del entretenimiento, las franquicias suelen generar mucha confusión sobre qué es exactamente un reboot y qué es una continuación. Es común preguntarse si una nueva serie se adapta a la historia original o si crea su propio camino. La pregunta que surgió fue: ¿la serie de televisión de 1974 de El Planeta de los Simios es un reboot, o simplemente una continuación?

Collage mostrando a Roddy McDowall como Caesar, Cornelius y Galen junto a pósters de El Planeta de los Simios
Roddy McDowall encarna a múltiples personajes en la saga, creando una sensación de continuidad entre las películas y la serie.

Para entenderlo mejor, hay que mirar el contexto original. Las cinco películas originales de la saga, lanzadas entre 1968 y 1973, cuentan una historia bastante enredada debido a sus viajes temporales complejos. La serie de televisión de 1974 no es exactamente un reboot; fue concebida como una continuación alternativa del universo de las películas clásicas.

La situación funciona así: la serie toma elementos clave de esas primeras películas, como Zaius y la sociedad dominada por los simios en el futuro, pero reutiliza esos conceptos para presentar una situación distinta. Ignora varios acontecimientos importantes de las secuelas posteriores. Por eso, suele considerarse una continuidad paralela derivada de la primera película y de su mundo, más que una secuela directa de la quinta película. Es básicamente un universo alternativo dentro de la misma franquicia.

Un detalle fascinante es el reparto: el personaje de Galen en la serie es interpretado por Roddy McDowall. El actor había interpretado a Cornelius y luego a Caesar en las películas originales. Este hecho contribuye significativamente a la sensación de continuidad, aunque técnicamente se trate de otro personaje.

Por cierto, si te refieres a la serie animada de 1975, esa es todavía más independiente: adapta ideas directamente de la novela original y tiene su propia continuidad. La franquicia de los años setenta era sorprendentemente flexible con la continuidad; no tenía el nivel de obsesión por el canon que tienen las sagas modernas hoy en día.