El silencio mediático en el caso Cerimedo: ¿Terror político o autoprotección?

El silencio mediático en el caso Cerimedo

El caso Cerimedo tiene todos los ingredientes para que los medios se den un festín, y sin embargo, han mantenido una distancia increíble al respecto. Parece como si tuvieran terror de hacer que el caso levante vuelo y pueda pasar a llevar al gobierno actual.

¿Por qué tanta cautela?

Lo interesante es que los medios no están ignorando el caso, sino que han optado por una cobertura contenida. El asunto tiene una combinación casi obscena de ingredientes: un operador político extranjero de ultraderecha, granjas de bots, campañas electorales, acusaciones de intento de asesinato y conexiones con estructuras de comunicación política.

Red de nodos digitales sobre un estudio periodístico, representando la conexión entre tecnología y medios en el caso Cerimedo.
La intersección entre operaciones políticas digitales y el ecosistema mediático chileno.

El problema para los medios es que todavía falta el puente probatorio. Demostrar algo más fuerte, como que funcionarios del Gobierno participaron conscientemente en una red clandestina, requiere evidencia extraordinariamente sólida.

La sombra del caso Huracán

No podemos ignorar las experiencias pasadas de los medios chilenos. Recuerden el caso Huracán: los medios se comieron hasta la coronta la tesis oficial, y cuando se supo que todo era un montaje por parte de funcionarios corruptos, la cobertura posterior fue justa, necesaria y silenciosa sobre su propio error.

Esto ha creado una dinámica donde los periodistas saben que las operaciones políticas contemporáneas están diseñadas para ser convertidas en noticias. Después de haber quedado con la cara pintada en Huracán, muchos están intentando no volver a tragarse la historia completa antes de saber qué hay detrás.

La dependencia de Carabineros

Hay un aspecto crucial que se suele pasar por alto: el peso de las fuentes oficiales. Considerar a los periodistas chilenos como personas que consideran a Carabineros una «fuente absolutamente confiable» es alarmante. Pasan cosas absurdas por esto.

Un ejemplo emblemático es el verbo «explosar». Un carabinero usó esa palabra en vez de «explotar», y al cabo de unas horas, medio ecosistema periodístico chileno decía que «el artefacto explosó», como si hubiese aparecido espontáneamente.

Este fenómeno revela un mecanismo grande: la fuente policial habla, el periodista reproduce, los demás periodistas reproducen, y la expresión adquiere apariencia de verdad por repetición. Si no somos capaces de cuestionar una palabra absurda porque procede de una fuente institucional, imagínate lo difícil que resulta cuestionar una narrativa completa cuando viene acompañada de uniforme.

La presión económica

Otro aspecto que se ignora es el peso de los auspiciadores. Que un auspiciador presione a un medio para restringir la cobertura no debiera ser de por sí una noticia? Es un secreto a voces que eso ha ocurrido y ocurre.

Agente policial entregando un micrófono a un periodista, simbolizando la dependencia de fuentes oficiales.
La transferencia automática de autoridad: cómo las fuentes policiales moldean la narrativa mediática sin verificación.

La independencia editorial no debería definirse como «Nadie nos dice qué publicar», sino como la capacidad de demostrar que nuestra decisión no dependió de ello. Si un medio recibe presión para omitir una investigación incómoda, esa misma presión debería convertirse en noticia.

Hacia dónde vamos

Entre «comérsela hasta la coronta» y «mejor no tocarla», hay un término medio sano: investigar a fondo y desconfiar de absolutamente todos. La prueba de madurez del periodismo chileno no sería que descubriera el escándalo de Cerimedo, sino que tuviera el coraje de investigarse a sí mismo dentro del escándalo.

Anunciantes ejerciendo presión sobre el redactor principal en un entorno de oficina periodística.
La sombra de los auspiciadores: la tensión entre la independencia editorial y las presiones económicas.

La pregunta «¿Quién vigila a los vigilantes?» deja de ser una frase bonita y se convierte en una cuestión institucional. Es hora de exigir transparencia sobre quién financia la cobertura, quién proporciona información exclusiva y a quién se le concede automáticamente el beneficio de la duda.