La irracionalidad política no es universal: una comparación

Es común escuchar la idea de que ciertos sectores de la izquierda son más propensos a aceptar el consenso científico, mientras que otros grupos políticos parecen resistirse a él. ¿Significa esto que la izquierda es inherentemente más racional? La respuesta corta es no.

Al observar patrones como la menor presencia de terraplanistas o negacionistas climáticos en la izquierda contemporánea, frente a su mayor prevalencia en sectores conservadores, nos damos cuenta de algo más complejo. No se trata de una medida general de inteligencia o lógica, sino de vulnerabilidades epistemológicas distintas.

Composición dividida mostrando dos grupos de personas con actitudes opuestas hacia las instituciones científicas.
La percepción de la racionalidad varía drásticamente dependiendo del espectro político al que se pertenece.

Confianza institucional vs. razón moral

La izquierda contemporánea tiende a tener una mayor confianza en instituciones epistémicas como la ciencia, la academia y los organismos internacionales. Sin embargo, esta postura no es inmune al error. Aquí es donde se revela el verdadero mecanismo de la irracionalidad política: la susceptibilidad hacia explicaciones excesivamente estructurales o morales.

En lugar de evaluar una evidencia objetivamente, muchos adoptan una identidad política y desarrollan mecanismos para distinguir qué fuentes son confiables según esa identidad. Esto significa que se puede ser absolutamente riguroso con *Nature* o el IPCC en temas de clima, pero convertirse en un experto en memes cuando aparece una noticia sobre un tema político que toca su identidad.

El caso del biologicismo y la defensa de narrativas

Este fenómeno no es exclusivo de ciertas ideologías. Un ejemplo claro se encuentra en sectores específicos del feminismo radical y los estudios de género. En estas comunidades, existe una tendencia a descartar cualquier estudio que contradiga su relato principal.

Cuando un investigador presenta evidencia dura sobre diferencias biológicas o estadísticas entre sexos, es común acusarlo inmediatamente de «biologicista». La crítica puede ser legítima si busca evitar el determinismo social, pero se vuelve problemático cuando la etiqueta deja de significar una crítica metodológica y pasa a significar que la existencia de cualquier explicación biológica es inadmisible.

Una barrera semitransparente cubriendo documentos científicos y estadísticas.
El gatekeeping epistemológico: cómo las ideologías deciden qué evidencia es legítima.

Al analizar esto, vemos que «biologicista» funciona como una etiqueta epistemológica para descalificar investigaciones antes de examinar su metodología o tamaño muestral. Es exactamente el mismo mecanismo que se observa en la derecha conspiracionista, pero con roles invertidos: mientras unos sospechan a las élites, otros sospechan a las corporaciones.

El sistema inmunológico ideológico

La conclusión más reveladora de este análisis es que la posición política predice qué autoridad consideramos legítima. Lo que cambia no es el mecanismo psicológico en sí, sino quién ocupa el papel de sospechoso.

Si una persona responde a cualquier evidencia contradictoria diciendo que «ningún estudio cuenta porque está financiado por X» o que «todos los estudios son ideológicos», ha dejado de evaluar evidencia para activar un sistema inmunológico. La teoría se vuelve imposible de falsar, y la evidencia se convierte en irrelevante.

Una balanza donde la moralidad política supera en peso a la lógica científica.
La razón moral: cuando la ética personal o política pesa más que los datos duros.

La ironía final es que la gente suele reconocer inmediatamente el sesgo epistemológico del adversario, pero es muchísimo menos capaz de reconocerlo en su propio grupo.

Células de una ideología rechazando agresivamente la evidencia contradictoria.
El sistema inmunológico ideológico: rechazar cualquier estudio que contradiga nuestras convicciones.

En última instancia, la irracionalidad política no es una cuestión de inteligencia. Es un fenómeno humano universal donde las ideologías desarrollan mecanismos para proteger sus verdades fundamentales.