Falsas denuncias y justicia: el sesgo de la primera impresión

El peso de la primera impresión

Decir que las auténticas víctimas ahora no denunciarán porque hay una ley que incrementa las penas para las falsas denuncias es como sostener que los pasajeros dejarán de tomar taxis porque se multa a quienes inventan accidentes para cobrar seguros. Decir que la propuesta «carece de sustento empírico» es no comprender que las víctimas están entre la mayoría de las denuncias desestimadas, dentro de las cuales se encuentran denuncias verdaderas y falsas.

Aún cuando el 0,09% de personas sean condenadas por denuncias falsas, en materia de justicia cada caso cuenta. En el mismo informe que plantea un porcentaje bajo se determina que ese número representa unas 800 personas. Son ciudadanos que de haber sido declarados culpables podrían haber pasado años en la cárcel.

Escena de un tribunal con personas en tensión.
La inmediatez del juicio público bajo el efecto de primacía.

El debate público suele estar degradado por razones ideológicas. Mi impresión es que las cifras que circulan mezclan categorías distintas, confundiendo denuncias archivadas con condenas firmes. Probablemente están subcuantificadas porque el sistema tiene mala capacidad para medirlas.

La asimetría del juicio

Aquí aparece una asimetría psicológica muy fuerte. Mucha gente puede imaginar fácilmente a «un culpable libre» porque produce miedo y rabia, pero cuesta más imaginarse a un inocente condenado. Esto influye el fenómeno del «eso no me pasará»: mucha gente se imagina como víctima de un delito, pero no como víctima del sistema judicial.

Comparación visual de dos escenarios sociales opuestos.
La asimetría entre el escrutinio al acusado y la empatía hacia la víctima.

Lo curioso es que la empatía se vuelve selectiva. Hay personas muy sensibles al sufrimiento de una víctima, pero frías frente al sufrimiento de un acusado inocente, porque lo perciben como un daño «estadísticamente aceptable».

El conflicto del dilema judicial

El conflicto eterno: liberar a más culpables o encerrar a más inocentes. Hay demasiada gente que está por lo segundo… y no sé si eso implica una empatía mal dirigida o el «a mí nunca me va a pasar».

Representación del equilibrio entre lo público y lo privado en la justicia.
El dilema entre el juicio mediático y la investigación objetiva.

Hay varios sesgos cognitivos trabajando juntos, y el «primero que habla define el marco» es uno de los más fuertes. Cuando una persona escucha primero: «X hizo algo terrible», el cerebro empieza a construir una narrativa coherente alrededor de esa idea.

Casos donde la anticipación salvó

Es curioso que la sociedad sea tan ambigua con esa clase de falta de empatía. Yo desconfiaría de alguien que prefiere un inocente en la cárcel. En ese sentido me parece que hay casos en los que un futuro denunciado habló antes de que «se le acusara» y sirvió para desactivar la denuncia.

Un ejemplo famoso es Johnny Depp, quien instaló eficazmente la idea de que él era víctima de una campaña difamatoria. Otro caso conocido es Brian Banks, presionado a aceptar un acuerdo años después del cual su acusante se retractó y él fue exonerado.

Cómo evitar el sesgo

Siento que no se le ha dado el peso suficiente a ese sesgo cognitivo. Hay una forma de no caer víctima de la primera impresión: recordar que «lo primero que escuché probablemente pesa demasiado en mi percepción».

Figura de autoridad analizando evidencia con calma.
La virtud de los buenos jueces: retrasar el juicio.

Una defensa útil es separar conscientemente: «esto podría haber ocurrido» de «estoy convencido de que ocurrió». También sirve invertir artificialmente los roles y desconfiar de las emociones de claridad inmediata.

Curiosamente, los buenos jueces suelen compartir una virtud poco glamorosa: retrasan el cierre mental. No se enamoran demasiado rápido de la primera narrativa. Porque saben que una vez que el cerebro se casa con una historia, empieza a reinterpretar todo para protegerla.