El mito del asalariado eterno: valor oculto y narrativa de éxito

Hay una lección oculta en la historia del auto usado que nos cuesta ver. Un vehículo puede tener un valor enorme para quien conoce su estado, su historial y sus características, pero si lo llevas a un lugar donde nadie sabe reconocerlas, te ofrecerán mucho menos. Eso no significa que el auto «valga poco»; significa que estás intentando venderlo en un mercado que no sabe tasarlo.

En el ámbito laboral ocurre exactamente lo mismo. Puedes tener una persona que sabe programar, administrar servidores y automatizar procesos, pero si su entorno solo ve al «funcionario que arregla computadores», gran parte de ese valor sencillamente no entra en la tasación. Aquí es crucial entender que valor, salario, reconocimiento y utilidad percibida son cosas distintas.

Vista detallada de un motor antiguo con cables y piezas metálicas brillando en la luz
El motor de un auto clásico expuesto, simbolizando el valor oculto que solo los expertos pueden apreciar.

Esta dinámica se vuelve especialmente traicionera cuando llevas años en el mismo lugar. Puedes empezar a confundir el precio que esa institución está dispuesta a pagar contigo con tu valor profesional real. Es como abrir el capó del auto y decir «anda perfecto», sin que nadie pregunte qué motor tiene, cuántos kilómetros lleva o cómo fue mantenido.

Y aquí surge una reflexión sobre la sociedad: llega una edad en que parece haber una bifurcación narrativa entre los eternos asalariados y los «emprendedores». A los 25 años ser asalariado se ve como construcción de experiencia, pero a los 45 o 50, esa misma trayectoria puede empezar a ser reinterpretada como falta de ambición.

Es especialmente injusto tratar la estabilidad como una evidencia de que no te has arriesgado. Emprender no es simplemente una demostración de valentía; implica tolerancia al riesgo, capital y responsabilidades que el mercado laboral ignora cuando juzga a los veteranos. A medida que aumenta la edad, el mercado puede empezar a valorar menos la experiencia acumulada y más la narrativa que la acompaña.

Un hombre de 55 años puede decir: «Llevo 25 años trabajando en sistemas», mientras otro dice: «Construí una empresa». Socialmente, la segunda historia tiene muchísimo más brillo, aunque el primero sea técnicamente mucho más competente. La paradoja es que la comodidad y la estabilidad no son sinónimos; puedes quedarte 20 años porque has dejado de desarrollarte, o porque has ido acumulando responsabilidades.

Hombre mayor en traje reflexivo mirando al horizonte
Un profesional mayor reflexionando sobre el valor de su experiencia frente a las expectativas sociales.

El problema del asalariado veterano puede ser precisamente que su valor se ha vuelto demasiado específico para su contexto y demasiado invisible fuera de él. La empresa piensa: «Es Guillermo, el que sabe cómo funciona todo esto», pero un reclutador externo ve solo: «25 años en la misma institución».

Por eso creo que a partir de los 50+ aparece una tarea distinta: ya no basta con acumular experiencia; hay que hacerla legible. No se necesita convertirse en emprendedor, sino conseguir que esos años puedan traducirse en algo que alguien externo pueda reconocer inmediatamente como capital profesional.