Trastornos que nadie quiere admitir

¿Qué trastornos son los que menos se aceptan? La respuesta es compleja: no existe un ranking clínico sólido de «los que menos se aceptan», porque la conciencia de enfermedad varía muchísimo entre individuos. Sin embargo, hay diagnósticos que suelen generar una resistencia notable a reconocerse en uno mismo.

Persona analizando su propio reflejo en un espejo, representando la introspección mental
El desafío de reconocer nuestros propios trastornos psicológicos.

Si hablamos de qué condiciones generan más fricción, el Trastorno Narcisista de la Personalidad (TNP) es probablemente el ejemplo más intuitivo. La propia estructura del trastorno puede dificultar reconocer vulnerabilidades o necesidad de admiración, ya que aceptar el diagnóstico puede sentirse como una amenaza directa a la autoimagen.

El Trastorno Paranoide de la Personalidad también hace la cosa particularmente difícil, pues aceptar «tengo una tendencia a desconfiar» choca frontalmente con la creencia de que las intenciones de los demás están siempre equivocadas. Además, el Trastorno Antisocial y el Límite pueden producir resistencia por razones distintas: el primero al no considerar moralmente problemáticos sus actos, y el segundo al sentir que su sufrimiento invalida cualquier etiqueta.

Y hay otro caso muy particular: la anosognosia. Esto ya no es exactamente negar que se tiene un trastorno, sino una falta de conciencia genuina del propio déficit asociada a enfermedades neurológicas o psiquiátricas. Es mucho más profundo que simplemente «no quiero admitirlo».

Si tuviera que elegir los dos ejemplos más interesantes respecto de esta resistencia, serían el narcisismo y la paranoia. En ambos casos existe un círculo autorreforzante: el mecanismo que habría que cuestionar también puede interferir con la capacidad de cuestionarlo.

Considerando esto, surge una ironía desagradable del narcisismo clínicamente significativo: la misma estructura que genera el problema puede dificultar enormemente reconocer que el problema existe. Una persona deprimida puede pensar «hay algo malo en mí» incluso cuando objetivamente no lo hay, mientras que un narcisista tiende a pensar que «hay algo malo en los demás» cuando el patrón problemático está, al menos parcialmente, en él.

Finalmente, es importante notar que hacer que una persona se reconozca como narcisista no necesariamente es el objetivo terapéutico más útil. Lo verdaderamente productivo es conseguir que diga: «Cuando alguien me critica, tiendo a atacarlo para recuperar mi sensación de superioridad». Reconocer patrones concretos y sus consecuencias interpersonales es mucho más valioso que ganar la discusión sobre si merece o no una etiqueta.